Federico González: "El 80% de los argentinos es muy infeliz porque cada vez vive peor"
Hay una mujer en la zona oeste del Gran Buenos Aires que hasta hace unos días no sabía lo que era un cumpleaños. Tiene 34 años, siete hijos y es jefa de hogar. Federico Gonzalez la conoció años atrás, cuando él trabajaba como encuestador y ella le hacía trabajos de campo en el barrio. Un día ella le contó, al pasar, que nadie le había festejado nunca el cumpleaños. Ni de chica ni de grande. Él le preguntó la fecha. Ella se la dijo. No volvieron a hablar del tema.
La fecha cayó hace unos días. Tenían que verse por otra cosa. González llegó con un peluche, con un cheesecake, que le gustaba, y con una velita. Le cantó el feliz cumpleaños.
"Sentí la emoción del bien", dice González. "Le vi la cara de esa niña. Vi en ella a la niña que habría querido tener lo que no tuvo".
González es licenciado en Psicología, profesor de la Facultad de Psicología de la UBA desde 1984 y consultor y analista político desde hace treinta años. Actualmente es candidato a presidente de la Nación. "A mí me duele la Argentina", asegura.
La decisión de cruzar del análisis a la cancha llegó por una crisis personal y existencial. "Me cansé de ser analista político, que es alguien que te cuenta cómo va el partido, pero no juega", explica a El Economista.
Nació en 1957 en la Ciudad de Buenos Aires, casi por trámite: su madre vino a parir a la capital, pero la familia ya se había instalado en Mar del Plata. Ahí vivió hasta los 18. "Soy marplatense, trasplantado a la gran metrópoli".
El padre venía de más lejos. Oriundo de Fiambalá, un pueblito de la precordillera catamarqueña, humilde, estudió abogacía en Córdoba y tomó la ruta que a fines de los cuarenta y en los cincuenta hacían muchos como él: Catamarca–Comodoro Rivadavia. "Comodoro era el boom del petróleo".
En un viaje, su padre conoció a su madre, porteña, que se instaló allá y no soportó ni el clima ni la ciudad. Como se abría un tribunal en Mar del Plata, la familia hizo base ahí. El padre nunca terminó de mudarse. "Era más lo que no estaba que lo que estaba".
El padre de Federico fue juez nacional en 1973, bajo el gobierno peronista, y quedó cesante con el golpe militar, que cesanteó a todos los jueces. Él era peronista y militante, y jamás habló de política con su hijo. "No sé si decir que es una virtud o un demérito", admite González. "Yo no tuve un buen vínculo con mi padre. Tuve el que pude tener". De ese vínculo rescata una herencia: la pasión por el conocimiento. "Era un hombre muy inteligente, muy culto, con una conversación cautivadora".
La Mar del Plata de los años sesenta y setenta es la vara con la que Federico González mide todo lo que vino después. La ciudad feliz, el boom de la construcción, los veranos largos. "Mar del Plata era una ciudad de clase media absoluta. Había barrios más humildes, pero no era pobreza. Había cultura de trabajo. No había marginalidad".
Desde esa ciudad miraba un país que iba para arriba, a pesar de las turbulencias políticas. Un país con fábrica de barcos y de aviones, con Córdoba convertida en potencia industrial, con autos nacionales —la Estanciera, el Kaiser Carabela, el Rambler, el Torino— y con laboratorios que florecían. Uno de sus tíos fundó uno. Hoy, cuando vuelve, ve otra cosa: "El Gran Mar del Plata es muy parecido en algunos puntos al conurbano. Se observa la degradación del país".
Su memoria política empieza ahí. El primer presidente del que Federico tuvo uso de razón fue Arturo Frondizi, que gobernó entre 1958 y 1962. González se define desarrollista y llama a su programa "desarrollismo inteligente del siglo XXI", una puesta al día de aquel modelo.
En 1973, cuando su padre llegó a juez, el eslogan del Perón que volvía era "Argentina potencia". "No se logró. Yo todavía creo que puede hacerse", señala González.
A los trece años tuvo su primer y único intento empresarial. La familia tenía un pequeño capital, producto de la venta de unas oficinas, y él propuso un emprendimiento: fabricar pulóveres. Su madre prefirió depositar el dinero en el banco. Eran $110.000 de 1970, el equivalente a unos US$ 300.000 de hoy. Cinco años después, tras el Rodrigazo, con esa plata se compraba un traje. "Ahí yo le doy la razón a Milei. Eso fue una catástrofe. No tendría que haber pasado". Y agrega: "Tampoco yo tenía el fuego sagrado del emprendedor, porque si no lo hubiese hecho igual. Pero en otro sistema yo hubiese sido un emprendedor".
Esa frustración temprana es la matriz de su programa actual. Cuando habla de crear "un ejército de emprendedores argentinos capaces de vender ideas made in Argentina al mundo", habla también del chico de Mar del Plata que quería fabricar pulóveres.
En 1973 cayó en sus manos en Mar del Plata un libro de especulación futurista que anticipaba el aprendizaje automático y las redes neuronales. Le quedó grabado. La disciplina era más vieja que él: Federico data el nacimiento de la inteligencia artificial en 1950, con un trabajo de Alan Turing, y le gusta señalar que el nombre "inteligencia artificial" se acuñó casi el mismo año en que él nació. Después vinieron los inviernos: dos décadas en las que el campo perdió financiamiento y prestigio, y hasta el término espantaba inversores. Federico siguió de cerca la inteligencia artificial igual, con incursiones en programación en los años ochenta, hasta que las redes neuronales demostraron ser el camino y el salto masivo llegó en noviembre de 2022. "Soy un cruzado de la primera hora".
Estudió Psicología en la UBA porque le interesaban "los misterios de la mente". Atendió pacientes al principio de su carrera, pero muy poco y por circunstancias. "Sabía que no era lo mío. He sido paciente y valoro mucho a los analistas, pero no era para mi espíritu".
Lo suyo fueron las aplicaciones. Creatividad. Innovación. Psicología organizacional, campo donde hoy dirige una maestría en la Universidad Abierta Interamericana. En paralelo, la otra pata: becario del CONICET en el CIIPME (Centro interdisciplinario de investigación en psicología matemática y experimental). "Ahí aprendí mucha ciencia, muchos métodos científicos". Trabajó como metodólogo, se formó en estadística multivariada y siguió la genealogía completa de la disciplina: del data mining al big data y a la ciencia de datos.
Su director en el CONICET fue Jorge Rimoldi, discípulo de Houssay. "Una mente brillante". De él conserva un consejo que, décadas más tarde, terminó por empujarlo a la candidatura. González estaba enredado con un problema, le daba vueltas, tenía una idea y no la soltaba. Rimoldi lo cortó: "Mire, Federico, le voy a dar un consejo. Usted da muchas vueltas. Si tiene algo que decir, va y lo dice, y déjese de joder".
En los años noventa González tenía una consultora de investigación de mercado, le sumaron opinión pública y empezaron por las encuestas, después el análisis político, luego el asesoramiento.
La primera firma fue Opinión Autenticada, que tuvo su momento de gloria en 2006, con la elección de convencionales constituyentes de Misiones, un plebiscito de hecho sobre la reelección indefinida del gobernador Carlos Rovira. El obispo Joaquín Piña encabezó la resistencia y ganó.
"Todos decían que el resultado debía ser en un sentido y nosotros decíamos que era en otro". El acierto los volvió una consultora reconocida.
Después vino Psicopolitics, una consultora de análisis político basada en una mirada psicológica de la política. Disuelta Opinión Autenticada, fundó González y Valladares junto a una de sus socias: fueron de los primeros en anticipar que Sergio Massa ganaba la elección de 2013. "No nos equivocamos".
Esa etapa se cerró en 2018 y dio lugar a Federico González y Asociados, que sigue en pie.
No tuvo hijos biológicos y cuenta: "Fue una decisión existencial. No es porque no tuviera vocación paternal. En mi vida siempre me ha tocado ser más padre que hijo. Yo a veces buscaba guías y encontraba hijos". Crió a los hijos de una expareja desde bebés. Tiene nietos del corazón y una nieta del corazón cuyos quince festejó el año pasado.
Su primer trabajo fue en una empresa de venta piramidal, donde un instructor le dejó una imagen que no se le fue nunca: el club de los "si yo hubiera". González no quiere ser socio de ese club. "Si no lo intentara, diría: podría haberlo intentado y me quedé con mi jubilación en mi casa, frente a la televisión, y no hice lo que tenía que hacer".
Se jubila el año que viene, después de más de cuatro décadas de docencia. Sus alumnos promedian los veinte años. En su perfil de X se definía como "francotirador de ideas". Ya no le alcanza. "Yo quiero ser un hacedor de esas ideas que toda mi vida estuve francotirando".
—¿Cuál es tu proyecto de país? —le pregunta El Economista a Federico González.
—Lo que plantearon Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio en los años sesenta era el proyecto. Quedó trunco porque había mucha amenaza y paranoia de un golpe militar, y a Frondizi lo voltearon.
Había mucha paranoia porque Frondizi había recibido a Fidel Castro y después se reunió con el Che Guevara. Para los militares de la época, aunque Frondizi no era un hombre de izquierda, no se lo perdonaron. Pero lo que hizo Frondizi fue extraordinario: logró el autoabastecimiento energético del petróleo en un tiempo récord.
Esos eran desarrollistas. Tenía un modelo de país industrial, con una estrategia clara: un país hay que edificarlo desde los cimientos, con infraestructura e industria pesada.
Frondizi era un industrialista. Considero que eso todavía es una asignatura pendiente de la Argentina.
La Argentina no puede perder el tren de la IA ni el de las economías del conocimiento en general: las biotecnologías, los agronegocios. Por ejemplo, el INTA y el INTI son dos jugadores clave en el desarrollo industrial y agropecuario. Hay que fortalecerlos. Concretamente, propongo cuatro revoluciones.
Una es la educativa; otra, la científico-tecnológica; otra, el tecnoemprendedorismo, y otra es la revolución empresarial-industrial. Es todo lo que no está haciendo el gobierno.
La revolución educativa 5.0: hay que transformar las aulas de la escuela secundaria en usinas de ideas, innovaciones, inventos, patentes y emprendimiento, porque la patente es un activo que tiene valor agregado, un valor agregado potencial.
Hay que crear un ejército de emprendedores argentinos capaces de vender ideas made in Argentina al mundo. ¿Y de dónde lo vamos a sacar? De la escuela y de las universidades. Eso tiene que estar articulado con el aparato científico-tecnológico.
Tenemos cinco premios Nobel. Tres fueron científicos: Houssay, que creó el Conicet, Federico Leloir y César Milstein, todos ligados a la medicina.
Pero tenemos una empresa como Globant. Mercado Libre, más allá de la figura controversial de Galperin,es una multinacional. La Argentina tiene 12 unicornios. Los unicornios son esas empresas que facturan US$1000 millones.
Tenemos que tener un plan estratégico. Si hoy tenemos 10, en cuatro años tenemos que tener 200.
Podemos atraer capitales vía RIGI u otros instrumentos. Lo que no podemos es importar empresarios. Tenemos que formar y forjarlos en Argentina.
Después está el sistema tecnoemprendedor. Estados Unidos tiene Silicon Valley, China tiene otro equivalente, y nosotros tenemos el polo científico-tecnológico de Tandil, en la provincia de Buenos Aires, que es un modelo: aúna unidades de investigación y un ecosistema de empresas tecnológicas que gira a su alrededor.
Tenemos que federalizar y multiplicar. Tenemos que hacer una red, un sistema de tecnoemprendedorismo, y lo tenemos que hacer como hizo Israel, con una alianza virtuosa entre capitales del Estado y privados. Por eso Israel es una potencia tecnológica.
También, y vuelvo a la educación, tenemos que aplicar la educación STEM, que es lo que hizo Corea para pasar de país pobre a país rico. STEM es ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Anduvimos bastante mal en las pruebas PISA. Tenemos que revertirlo: la Argentina tiene que estar en el top ten de países en las pruebas PISA.
Tiene que haber un entrenamiento para que resuelvan problemas análogos a las pruebas PISA. Es como el ingreso a la universidad: uno se tiene que preparar, y ahí se toma determinado contenido.
Una vez que los alumnos son un fenómeno en la resolución de las pruebas PISA, ahí viene la etapa más importante: que lo justifiquen, que lo narren, que lo hablen, que lo expliquen, que lo extiendan. Desarrollar el pensamiento crítico.
Hay que triplicar, quintuplicar, multiplicar por cien los eventos de olimpíadas y concursos de ideas, de inventos, de matemáticas. Así como tenemos una mística futbolera, tenemos que hacer una mística científico-tecnológica, y eso lo tenemos que hacer desde la escuela.
En 1968, un sobrino de Ernesto Sábato, que se llamaba Jorge Sábato, planteó lo que él llamó el Triángulo de Sábato. El Triángulo de Sábato era un concepto en el que se decía que hay que potenciar la sinergia entre el Estado, que era un vértice; la ciencia, que era otro vértice; y la empresa, que era el tercer vértice.
Yo le agregué un cuarto vértice, que es la educación.
El Estado arriba, porque es el articulador, el director de orquesta que tiene que lograr que estos cuatro bailen bien, que se comuniquen y hablen lo que hay que hablar.
Hay que socializar el capitalismo: tenemos que tener más capitalistas en número, no menos. Si hay más capitalistas, hay más capitalismo.
Milei prometió capitalismo inteligente y entregó financierismo especulativo. La política de Toto Caputo es la de un timbero, un experto en contabilidad creativa a escala global. Pero eso no sabe desatar las fuerzas productivas de un país.
—Con Milei, ¿hay más o menos capitalistas?
—Hay menos. Los jóvenes votaron a Milei con la idea de que iban a ser emprendedores, dueños de su propia empresa, y se transformaron en cuentapropistas de aplicaciones. Eso es trabajo precarizado, donde uno cree que es dueño de su trabajo porque maneja los tiempos, decide si va o no, y no tiene un jefe. Pero sí hay un jefe implacable, que es la aplicación: controla todo el tiempo y la hace muy corta. Si no se labura, no se cobra. El trabajador se transformó, sin darse cuenta, en un súbdito de un algoritmo. Y encima queda poco margen, porque hay que laburar mucho para ganar poco.
—¿Cómo coexiste una mayor inversión en ciencia y en educación con un modelo de baja de la inflación?
—El equilibrio fiscal es una condición necesaria, pero no suficiente. Además, cualquiera sabe que un proceso económico no se piensa en la foto de hoy o del mañana inmediato. Hay que pensar una trayectoria a largo plazo.
Existe algo como la inversión. Y existe algo como la inversión inteligente, que es hacer buenos negocios: invertir donde se obtiene más de lo que se invirtió. Por eso existe el crédito.
Hay que imaginar cuánto le cuesta al país tener una infancia en la que no está dado el coeficiente proteico necesario. ¿Cuánto le cuesta a una sociedad que los jubilados, la gente mayor, no puedan pagar los remedios y se enfermen más?
Le cuesta vidas, y ese es el costado humanista que tiene que tener cualquier estadista. Y después le cuesta plata, porque antes de morirse se internó, y como está todo precarizado y perdieron la posibilidad de tener medicina prepaga, van a engrosar la sobrecarga del sistema público. Lo que se ahorró por un lado, se gastó dos veces por el otro.
Hay que optimizar el rendimiento. Si se invierte en un área, quiero ver los resultados. No es habilitar el despilfarro. Hay que auditar y tener un control de gestión.
Hay que tener una cancillería inteligente, que piense cómo atraer, ya no el capital golondrina, especulativo, sino cómo atraer proyectos del BID, del Fondo para el Desarrollo de la Ciencia. Hay que hacer un pool de esos capitales y con eso apalancar el sistema educativo y científico-tecnológico.
Hay que reasignar partidas. Hay excepciones impositivas, como la de Mercado Libre, que entró como economía del conocimiento, que tenían sentido en ese momento, pero ahora no lo tienen. Si Mercado Libre es una multinacional, ¿por qué hay que subsidiarla?
Si uno sabe dónde poner la semilla y potencia el desarrollo, después al desarrollo hay que cultivarlo. Y Milei no sabe de eso. Hay una expresión: el que solamente tiene un martillo va a tratar a todo como un clavo, porque es lo único que tiene. Y Milei lo único que tiene es motosierra. Él es el loco y salvaje de la motosierra. Si pasa la motosierra, es más feliz. Hay jactancia de eso.
La modernización del Estado siempre es una asignatura pendiente. Tiene que ser una política de Estado: que el Estado sea liviano, ágil, eficiente y no ponga palos en la rueda.
Eso está bien, pero si uno quiere desarrollo tiene que pensar, además de la motosierra, en la semilla, en el abono, en la tierra, en las regaderas, en la cosechadora, en la incubadora. Incubadora de empresas de base tecnológica. Toda escuela tiene que tener su mini incubadora de empresas.
—Hay quienes entienden que la élite empresaria brasileña suele ser más patriota que la argentina. ¿Qué evaluación hacés de nuestra élite empresaria?
—El empresario brasileño es más nacionalista, pero eso se revierte, porque cuando Milei habla de batallas culturales, que para mí son absurdas, es la beligerancia del agresor serial.
Hay que sentar a todos los empresarios y transmitirles la mística de que este país va a ser una potencia económica en un período determinado, y hay que explicarles cómo.
Los pibes ahora, ¿qué quieren ser? Quieren ser youtubers, influencers; quieren tener una banda y pegarla. Hay que potenciar la oferta: que quieran tener un unicornio, que quieran tener una empresa de base tecnológica, que quieran tener el emprendimiento social, así como estaban los clubes, el club social, el club de barrio de antes. Tenemos que tener el club de barrio de emprendedores.
Esa mística es lo que Perón quiso formar con lo que llamó la burguesía nacional.
El Estado debe tener presencia y debe marcar objetivos. Tiene que sentar a todos los empresarios y decir: queremos hacer la revolución empresarial e industrial, ¿en qué podemos ayudar como Estado? Israel creó un fondo con capitales estatales y privados para fomentar el desarrollo; creó un mercado de capitales para el emprendedorismo tecnoempresario.
Y esa mística es como Scaloni: cuando hay un Scaloni, todo fluye. La mística también hay que regarla, como el Principito a la rosa. Si no se la riega todos los días, ¿por qué va a ocurrir?
Milei está prisionero de una idea absurda y es monotemático. El equilibrio fiscal es una condición necesaria, pero no es para nada suficiente. Si Milei fuera el CEO de mi compañía, lo echaría.
Lo echo porque Stuart Mill, quien fue el padre del liberalismo, decía que el propósito de un sistema político y del liberalismo es asegurar la mayor cantidad o intensidad posible de felicidad al mayor número de personas. Que haya muchos que sean muy felices.Y acá lo que tenemos es que hay algunos pocos que son recontra felices, pero el 80% de los argentinos se siente muy infeliz porque cada vez vive peor.
Si la Argentina fuera una sociedad anónima y cada ciudadano fuera un accionista, uno podría preguntarse: la acción que tengo de mi Argentina, de mi empresa, ¿vale más o vale menos después de tres años de Milei? Y vale menos porque el ciudadano de a pie vive peor.
—Con respecto a Horacio Marín, titular de YPF, ¿cómo analizás su gestión?
—Si yo fuera presidente, lo querría tener en mi equipo. Lidera bien. Vaca Muerta es una de las joyas de la corona argentina. Ahí hay muchos recursos para muchos años y hay que administrarlos profesionalmente, y Horacio Marín lo hace así.
No creo que sea un logro de Milei que eso esté funcionando. Es una política de Estado. Fue una iniciativa del gobierno de Cristina Kirchner, que en su momento fue resistida. El tiempo le dio la razón a ese gobierno de Cristina Kirchner.
Y lo que hicieron bien los argentinos es que fue una política de Estado.
—¿Cuál es tu principal diferencia con Axel Kicillof?
—Kicillof no tiene proyectos. Yo tengo un proyecto de país. Kicillof tiene una serie de eslóganes.
Kicillof aboga por el Estado presente, y el Estado presente gasta más de lo que es capaz de crear. Y Kicillof abdica de cuestiones esenciales, como por ejemplo la seguridad.
Así como en Milei no están en su espíritu la ciencia y la educación, Kicillof considera que el fenómeno del delito es un emergente de las condiciones sociales.
Además, no le veo pasta de líder a Kicillof. No me lo imagino pensando en cómo ir del triángulo de Sábato al pentágono del desarrollismo inteligente del siglo XXI. No tiene la inteligencia de un estadista.
Yo soy un desarrollista y Kicillof es un estatista con buenas intenciones.
Uno puede ser muy bueno, pero si no tiene la inteligencia necesaria para que haya crecimiento, es una bondad que no produce frutos.
El desarrollismo es un humanismo. Me duele la Argentina. Tenemos que erradicar las indignidades de los barrios vulnerables, carenciados. Hay gente que no tiene un lugar para hacer popó; no tiene inodoros.
Y ahí sí se cumplen las leyes de Milei, las del mercado: el narco, el tranza; después está el mercado de la prostitución, las chicas desesperadas que se transforman en viudas negras, los pibes que se transforman en soldaditos, el prestamista que se asocia con el narco y aprieta a los deudores. Esos mercados florecen, porque ahí no hay ley. Y encima hay connivencia con tratos políticos y policiales.
Ahí sí hay que hacer un shock, el shock de la topadora. Hay que destrabar esos negocios ilícitos. Con una acción sobre la demanda, con proyecto de vida. Si en el barrio se pone la escuela de emprendedores y la escuela de niños artistas y cultura barrial popular, y se pone la canchita de fútbol, y se ayuda a todo ese entramado, la juventud sana no anda pensando en falopa. Y la probabilidad de que se transforme en el pequeño soldadito va en disminución.
La guerra contra el narcotráfico pasa, en una parte muy importante, por bajar la demanda. Cuando hay menos demanda, hay menos consumidores, hay menos mercado, hay menos delincuencia.
—¿Tenés coincidencias con el modelo de Larreta?
—Larreta es un buen administrador, es un gestor, pero es un desarrollista light. Larreta es un voluntarioso del hacer. No es un hacedor con mayúsculas.
Yo admiro mucho a muchas personas, como todo el mundo, pero admiro mucho a Dardo Rocha. Es el fundador de La Plata: fue gobernador de la provincia y en cuatro años fundó La Plata, Tres Arroyos, Pehuajó, Necochea y sentó las bases del puerto de Ingeniero White, que es la cuna del polo petroquímico argentino.
Esos son hacedores, no Larreta. Larreta, en el medio, urbanizó un poquito la Villa 31. Acá no tenemos que urbanizar villas, acá tenemos que crear ciudades, y yo a Larreta no lo veo haciendo eso.
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