Murió "Chiqui" Azar , ex presidente del Superior Tribunal de Justicia de la Provincia
Falleció este domingo el Dr. José Antonio "Chiqui" Azar, conocido abogado que tuvo su paso por la Justicia de la Provincia como Juez Criminal y Correccional desde 1983 a 1993 y también como Juez del Superior Tribunal de Justicia 1995 a 2004.
Además de desarrollar su profesión de manera particular, tras su salida de su cargo público, tuvo participación en la política local como candidato a gobernador por el partido Cruzada Santiagueña, representando al peronismo en las elecciones de 2017.
De 75 años, el letrado ocupó los máximos cargos en la Justicia santiagueña: presidente del Superior Tribunal de Justicia, juez federal y representante legal del exgobernador, Carlos Arturo Juárez ( se lo ve en la foto principal de la nota).
El discurso de Chiqui al fallecer Carlos Arturo Juárez
El mes de julio a despecho del mes del cumpleaños de la Madre de Ciudades, aparece en mi caja de imborrables e imperecederos recuerdos tres episodios que llevo como un despojo caliente y como marca indeleble en mi espíritu: los fallecimientos de Juan Domingo Perón (01/07/1974), de mi padre José Antonio Azar (01/07/1983) y de Carlos Arturo Juárez (03/07/2010).
Anochecía en Santiago del Estero en un día frío del mes de julio, cuando recibí por vía telefónica en mi domicilio la noticia infausta y fatídica: Juárez había fallecido en el sanatorio San Francisco donde estaba internado. Se estremeció mi carne y mi espíritu. Siempre nos resistimos a analizar la posibilidad de su muerte y ahora me resistía a aceptar la veracidad de la cruel realidad.
Al arribar al sanatorio San Francisco, y al penetrar en su ámbito, tuve ya la semblanza difusa por cierto y la sensación de irremediable orfandad circulando por todo el edificio. No había resignación. Estaba presente una actitud de sumisa entrega impotente, al designio del destino. Se había escapado toda energía activa, se había escabullido toda voluntad de lucha. Los congregados compañeros atribulados, deambulaban por las habitaciones congestionadas, como perdidos en los pasadizos de la propia perdición del centro de salud.
Jamás olvidaré la impresión de desahucio de esa larga noche, porque la llevo colgada como un despojo caliente en el más recóndito pliegue de mi alma. Al penetrar en la habitación y acercarme vacilante al lecho donde yacía Juárez, certifique con mis ojos la verdad absurda y pavorosa. Al contemplar la lividez del formidable líder y conductor yerto, pensé en las palabras de San Pablo.
Solamente pudo ser vencido por su último e invencible enemigo y mi memoria comenzó a hundirse en la evocación de su gesta perdurable en la provincia al haber sido elegido por la voluntad popular cinco veces gobernador de Santiago del Estero, diputado nacional y tres veces senador de la Nación (solo equiparable a Joaquin V. González) por el voto mayoritario del pueblo.
A su lado, inmóvil frente a su inmovilidad eterna, mezclé la congoja con el enjundioso recuerdo de los días triunfales cuando asumí como abogado defensor en causa penal una ofensiva judicial nunca vista en los anales de la justicia Federal y Ordinaria, promovida por una intervención Federal en el año 2004.
Cuando desaparece un prohombre, nace necesariamente una leyenda para ayudar a enfrentar la vida sin su guía. Un hombre se iba definitivamente para tornar más perentoria su presencia, para volverse más indispensable. Quizá para acercarse más, desde la evocación permanente y desgarrada, a quienes más lo preocuparon, en la larga travesía de sus ásperas jornadas reparadoras, advirtiendo en ese momento, nuestra supina impotencia de reemplazo y la más tortuosa evidencia que nadie podría disimular su desmesurada ausencia rectora.
Chesterton decía “La cultura consiste en que los muertos estén vivos”.
A continuación transcribo el discurso póstumo preparado para despedir al doctor Carlos Arturo Juárez en el cementerio Parque de la Paz: Vengo a despedir a mi maestro y amigo. Una honda tristeza se anida en mi corazón y tengo los ojos enrojecidos por las lágrimas que he derramado por usted. Pero siento al mismo tiempo una resignación, producto quizá de haberme mimetizado en su señera figura y personalidad, de la cual aprendí que el mayor tesoro del hombre es tener honor, lealtad, dignidad y respeto hacia todas las personas. Esos atributos en el hombre los he aprendido de memoria y usted me los ha demostrado.
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