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Que Delcy Rodrí­guez haya que­dado como pre­si­denta encar­gada de Vene­zuela no es una deci­sión impro­vi­sada ni coyun­tu­ral. En la Casa Blanca lo vin­cu­lan a con­tac­tos pre­vios que, aun­que dis­cre­tos, no eran des­co­no­ci­dos. Según fuen­tes con­sul­ta­das por ABC, ya en 2020 su her­mano Jorge Rodrí­guez y la pro­pia Delcy esta­ble­cie­ron un canal directo con la Admi­nis­tra­ción Trump para explo­rar esce­na­rios pos­te­rio­res a una even­tual salida de Nico­lás

Maduro. En ese con­texto, plan­tea­ron una demanda con­creta: la libe­ra­ción de Álex Saab, con­si­de­rado por Esta­dos Uni­dos el prin­ci­pal ope­ra­dor finan­ciero del régi­men.

Esas con­ver­sa­cio­nes, man­te­ni­das con el enton­ces ase­sor pre­si­den­cial Richard Gre­nell, per­mi­tie­ron iden­ti­fi­car inter­lo­cu­to­res con capa­ci­dad real de con­trol interno y pro­yec­ción exte­rior. Fuen­tes esta­dou­ni­den­ses seña­lan que ese marco ayuda a expli­car por qué el 3 de enero, en el momento de la cap­tura de Maduro, Rodrí­guez fue situada como la figura con mayor capa­ci­dad ope­ra­tiva para sos­te­ner

una tran­si­ción inme­diata, apo­yada en su red inter­na­cio­nal de con­tac­tos y en el res­paldo del apa­rato ins­ti­tu­cio­nal, con Jorge Rodrí­guez como eje polí­tico.

La desig­na­ción no ha estado exenta de con­tes­ta­ción interna. En sec­to­res del cha­vismo y de los cuer­pos de segu­ri­dad per­sis­ten rece­los sobre su papel pre­vio a la ope­ra­ción esta­dou­ni­dense. El pro­pio pre­si­dente Donald Trump con­tri­buyó a ese clima al afir­mar públi­ca­mente que Rodrí­guez debía ahora mar­car dis­tan­cias y denun­ciar el «secues­tro» de Maduro, una posi­ción que en Was­hing­ton inter­pre­tan como nece­sa­ria para con­sumo interno y para pre­ser­var una mínima cohe­sión del poder mien­tras se reor­ga­niza el mando. Trump llegó a des­cri­birla como «coo­pe­ra­tiva», una valo­ra­ción que ha tenido efec­tos ambi­guos den­tro del régi­men.

Uni­dad interna en duda

El relevo se pro­duce bajo una doble super­vi­sión. En el plano ins­ti­tu­cio­nal, Rodrí­guez fue desig­nada pre­si­denta inte­rina por el Tri­bu­nal Supremo y reco­no­cida for­mal­mente por las Fuer­zas Arma­das. En el plano polí­tico, su ascenso ha rea­bierto inte­rro­gan­tes sobre la cohe­sión del cha­vismo tras la salida de Maduro. Las movi­li­za­cio­nes de pro­testa fue­ron limi­ta­das, pese a los lla­ma­mien­tos a la «resis­ten­cia armada» y al des­plie­gue de colec­ti­vos en varios barrios, con inci­den­tes ais­la­dos en zonas rura­les.

Según Reu­ters, la CIA con­taba con un activo humano muy pró­ximo a Maduro, inte­grado en su entorno inme­diato, para seguir sus movi­mien­tos en tiempo real y con­fir­mar su loca­li­za­ción exacta cuando la ope­ra­ción entró en su fase final. Ese activo per­mi­tió veri­fi­car que Maduro se encon­traba en una casa segura en Cara­cas en el momento ele­gido. No se pre­cisa iden­ti­dad ni cargo, pero Reu­ters subraya que estaba lo sufi­cien­te­mente cerca del pre­si­dente como para infor­mar de su «patrón de vida» y acti­var la señal defi­ni­tiva que hizo posi­ble la entrada de las fuer­zas espe­cia­les.

El con­texto de sos­pe­cha se ve refor­zado por el per­fil de Rodrí­guez en el pro­pio cha­vismo: era la número dos y cono­cía todas las coor­de­na­das del poder. Aun­que salió a repu­diar el arresto y lo cali­ficó de secues­tro, asu­mió el mando sin ambi­güe­da­des y activó de inme­diato con­tac­tos con Trump y su equipo. El pro­pio pre­si­dente esta­dou­ni­dense advir­tió públi­ca­mente de que, de no coo­pe­rar, su suerte sería «mucho peor que la de Maduro».

Su tra­yec­to­ria ha sido irre­gu­lar. Durante la etapa de Hugo Chá­vez fue apar­tada durante años tras fric­cio­nes per­so­na­les y polí­ti­cas, antes de regre­sar al pri­mer plano con la lle­gada de Maduro. Desde 2013 enca­denó car­gos clave –minis­tra, can­ci­ller, pre­si­denta de la Cons­ti­tu­yente y vice­pre­si­denta– hasta con­cen­trar, en la prác­tica, amplias cuo­tas de poder.

Tras la cap­tura de Maduro, fuen­tes poli­cia­les y mili­ta­res con­sul­ta­das por ABC des­cri­ben un clima de des­con­fianza interna, con rea­jus­tes aún no cerra­dos y equi­li­brios en revi­sión. La figura de Dios­dado Cabe­llo sigue siendo deter­mi­nante. En ese con­texto, la posi­ción de Rodrí­guez depende menos de ges­tos públi­cos que de su capa­ci­dad para man­te­ner el res­paldo de la Fuerza Armada y los prin­ci­pa­les núcleos de poder, en una tran­si­ción que sigue abierta y bajo vigi­lan­cia.

Con el regreso de Trump a la Casa Blanca, Delcy Rodrí­guez reac­tivó junto a su her­mano Jorge –su prin­ci­pal inter­lo­cu­tor polí­tico– una estra­te­gia para reto­mar los con­tac­tos con Was­hing­ton. Según fuen­tes con­sul­ta­das, el canal vol­vió a pasar por Gre­nell y se apoyó en media­cio­nes dis­cre­tas, inter­cam­bios indi­rec­tos y ofer­tas orien­ta­das a explo­rar una salida nego­ciada para Nico­lás Maduro. Sobre la mesa se bara­ja­ron fór­mu­las de salida y garan­tías, pero el pro­pio Maduro fue ele­vando las exi­gen­cias hasta blo­quear cual­quier acuerdo.

A par­tir de ese punto, el diri­gente vene­zo­lano optó por una estra­te­gia de resis­ten­cia y pro­vo­ca­ción. En actos y apa­ri­cio­nes ofi­cia­les recu­rrió a ges­tos bur­lo­nes, bai­les y can­cio­nes, exhi­biendo desa­fío y res­tando gra­ve­dad a las adver­ten­cias de Was­hing­ton, incluso coreando lemas como «no crazy war». Ese giro, inter­pre­tado en EE.UU. como una burla a Trump, ter­minó por cerrar los már­ge­nes de nego­cia­ción que Delcy y Jorge Rodrí­guez habían tra­tado de man­te­ner abier­tos.

Fuera del núcleo duro

Según fuen­tes en Vene­zuela, Delcy Rodrí­guez nunca encajó del todo en el núcleo duro del cha­vismo. Mien­tras otros diri­gen­tes cul­ti­va­ban una leal­tad reve­ren­cial hacia Chá­vez, ella man­tuvo una dis­tan­cia que el coman­dante no toleró. Este la cas­tigó públi­ca­mente en al menos dos oca­sio­nes, apar­tán­dola del avión pre­si­den­cial tras fra­ca­sos diplo­má­ti­cos en Moscú y Doha y obli­gán­dola a regre­sar en vue­los comer­cia­les. En los pasi­llos de la can­ci­lle­ría, recuer­dan esas fuen­tes, se le oyó refe­rirse a ella como «esa niñita es pre­po­tente», una eti­queta que selló su suerte y la empujó a un ostra­cismo casi total hasta 2013.

Ese ais­la­miento no sig­ni­ficó desa­pa­ri­ción com­pleta. Según esas mis­mas fuen­tes en Vene­zuela, Delcy contó siem­pre con padri­nos clave den­tro del sis­tema, como el excan­ci­ller Roy Cha­der­ton y el exvi­ce­pre­si­dente José Vicente Ran­gel. Con la lle­gada de Nico­lás Maduro al poder en 2013, y tras la inter­me­dia­ción de su her­mano Jorge, Delcy regresó con fuerza. Según fuen­tes en Vene­zuela, su ascenso fue rápido y sos­te­nido: minis­tra de Infor­ma­ción, can­ci­ller, pre­si­denta de la Cons­ti­tu­yente y vice­pre­si­denta. Para 2026 era ya el segundo poder real del país. Pero esa tra­yec­to­ria escon­día una fra­gi­li­dad estruc­tu­ral: «Nunca fue cha­vista de ver­dad», resume una fuente. «Era una pro­fe­sio­nal al ser­vi­cio del sis­tema, no una cre­yente».

Esa debi­li­dad se hizo visi­ble tras la cap­tura de Maduro. Según fuen­tes en Vene­zuela, en cuar­te­les y cuer­pos de segu­ri­dad domina un clima de des­con­fianza. «Nadie con­fía en nadie. Se espe­ran cam­bios inter­nos», apunta un mando medio poli­cial. Ofi­cia­les con­sul­ta­dos inter­pre­tan incluso los elo­gios de Trump como un intento deli­be­rado de ais­larla. «Está fabri­cando un motivo para la des­con­fianza», explica un mayor del Ejér­cito, que advierte del riesgo de que sea seña­lada como trai­dora. En la calle, la per­cep­ción es igual de cruda. «Delcy nadie la quiere», dice una vecina de Cara­cas. «No ganó nada. Está encar­gada mien­tras todo se decide». Así, con­clu­yen las fuen­tes, Delcy Rodrí­guez ini­cia su etapa en la cús­pide del poder bajo un «estado gene­ral de sos­pe­cha».

 

Fuente: ABC (Galicia)España y Jaime Bayly ( Miami) USA

 

Autor: admin